Bombín negro y mucha piel en Cabaret: Iconos de moda y cine (VII)

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Bombín negro y mucha piel en Cabaret: Iconos de moda y cine (VII)

Ya estamos en junio y ya hemos llegado a la década de los años 70. Paso a paso, prenda a prenda, hemos recorrido dos décadas desde que iniciamos esta serie de prendas icónicas del cine y la moda en nuestro blog de Tutti pazzi per labore. Curiosamente inauguramos esta década con una película americana que habla de otros tiempos, los años 30 en Berlín, pero cuya recreación ha quedado, a pesar de la sencillez de sus looks, en nuestra retina y nos resulta totalmente identificable y dificilmente superable. Hoy hablamos de la película Cabaret (1972) de Bob Fosse y concretamente del conjunto de chaleco negro, shorts, ligueros y bombín que luce Liza Minelli en el número Mein Herr,  y que os dejo bajo estas líneas.

Este musical, de fantástica partitura, protagonizado por Liza Minelli, Joel Grey y Michel York, es una adaptación bastante libre para la pantalla de la obra musical del mismo título que realizaron los compositores John Kander y Fred Ebb en 1966. A su vez, ellos se habían basado en la novela de Christopher IsherwoodAdiós a Berlín (1939), y en la obra teatral I am a Camera (1951). La historia cuenta la relación que mantienen Sally Bowles (Liza Minelly), bailarina del Kit Kat Club, con Bryan Roberts (Michel York), un estudiante de Cambrige, en el Berlín de los años 30, con el auge de los nazis y la ascensión del NSDAP al gobierno alemán, como telón de fondo. Fue nominada con 10 Oscars de los que se llevó 8 estatuillas, dejando a la gran favorita, El Padrino de Francis Ford Coppola, con sólo con tres premios: mejor película, actor protagonista para Marlon Brando y premio al mejor guión adaptado.

Pero que nadie crea que por ser un musical, Cabaret es una película ligera o cómica e incluso frívola. Todo lo contrario. Es un gran drama con una gran historia. Lo sería igualmente si sus escenas no se salpicaran de números musicales, pero éstos, le aportan, cual coro griego, una ironía, un contraste sórdido subrayado por el montaje de las imágenes en el que lo que ocurre dentro y fuera del club, que potencia ambas narraciones. La película, además de un soberbio musical con algunos fantásticas canciones y coreografías que el tiempo no ha debilitado su fuerza (no hay más que ver Chicago de Rob Marshall, producto preciosista pero que poco aporta en lo escénico, para darse cuenta de la huella tan importante que ha dejado Bob Fosse) es una crítica aguda a la sociedad alemana de la época.

Al igual que ocurre con la recreación de la época en la dirección artística de Rolf Zehetbauer, cuidada, pero al mismo tiempo realista y muy verosímil, el vestuario, que fue obra de Charlotte Fleming, recrea los años 30 del cabaret desde una sugerente sobriedad pero creando un icono absolutamente reconocible. La Sally Bowles de Cabaret bebe en las raíces de la moda de los años 20 con ese pelo a lo garçon y su aire andrógino pero muy sexual al mismo tiempo, con su rostro empalidecido por el maquillaje que subraya sus ojos y sus labios, pero también es deudora de la moda de los años 30 en los que se desarrolla la acción, con ese cuello halfter de su chaleco que deja toda la espalda al aire y su vertiginoso escote en uve.  El negro realza aún más la palidez y desnudez de su cuerpo y los detalles masculinos de su ropa son elementos muy asociados a la estética del cabaret del momento. Estoy segura, que Charlotte Fleming se inspiró de algún modo en la Lola de el Ángel Azul que interpretó Marlen Dietrich en 1930, habitante de esos lugares nocturnos, llenos de provocación. La Dietrich fue la primera que se atrevió a lucir los muslos desnudos en la pantalla. Ella misma, que era buena conocedora de la noche berlinesa y sus moradores, elaboró el vestuario de su personaje con vestuario propio y de sus amigas.

Y siempre he creído que en las retinas de Angus Strathie  y Catherine Martin, responsables del vestuario de Moulin Rouge  seguía muy viva la imagen de Sally y Lola, cuando diseñaron el corpiño del primer número de Satin ( otra habitante de los locales nocturnos, en su libre interpretación de la época del can-can), con sus referencias a las solapas de un chaleco, el color negro que destaca también sobre la palidísima piel de la Kidman y su chistera.

Con su sencillez y sus básicos elementos (el bombín, los ligueros al aire, el chaleco y esas lentejuelas negras estratégicamente colocadas) se creó la imagen mágica que siempre estará unida a una película y a un personaje, a una canción y una ciudad. Cabaret, sus melodías y su estética, siguen vivas y quien lo dude no tiene más que ver las avenidas teatrales de las ciudades más importantes que siguen reponiéndola casi ininterrumpidamente en sus escenarios. Muchas han sido Sally Bowles, pero Liza Minelli la hizo frágil, ingenua en un entorno decadente alejado del preciosismo acartonado de las puestas en escena actuales que en mi opinión, se alejan de la sordidez de los locales reales y pierden credibilidad porque apuestan demasiado fuerte por el glamour. Un ejemplo de la época de resurgimiento de un género, el cine musical, que, en su decadencia, dio coletazos llenos de fuerza y personalidad, tanta, que no han sido superados a pesar de los ordenadores y los presupuestos ruborizantes.

Terminamos con el número final de la película que da nombre a la película, Cabaret. Espero que os guste escucharla de nuevo y recordad, «La vida es un Cabaret sin más. ¡Vamos al Cabaret!«

Hasta aquí el post de este jueves. Espero que os haya gustado este recordatorio de Cabaret y la imagen de Sally Bowles, pero ¿quién es vuestra Sally Bowles preferida de todas las versiones que se han visto sobre los escenarios? Espero vuestros comentarios mientras comenzamos a pensar en el próximo jueves. Buena semana.

By | 2018-05-31T08:29:51+00:00 junio 1st, 2017|Historia de la Moda|2 Comments

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Sara Marcos

2 Comments

  1. El amanuense 1 junio, 2017 at 7:27 pm - Reply

    Buenas tardes, tutti: nos decían que el cine se termina como tal, como espectáculo colectivo, como arte, como intimidad delante de una gran sábana blanca, pero después de leer con enorme placer cada jueves tus entradas, estoy convencido de que es una defensa numantina de los viejos placeres del siglo XX: la lentitud de los fotógrafos revelando en su cuarto oscuro. el cine en sala silenciosa, oscura y con gente alrededor salpicando de emociones la pantalla tridimensional. Las costureras y modistas haciendo ropajes de locura colectiva para vestir de rojos intensos los grises días de ahogo. Músicos que ganan sus salarios tocando de verbena en verbena lejos de estándares comerciales y consumistas. Gracias por estos ramilletes de flores que nos lanzas cada alborada, repicando para dar futuro a los grises lienzos del siglo XX. Un abrazo y prosigue así siempre

    • Sara Marcos
      Sara Marcos 7 junio, 2017 at 4:17 pm - Reply

      Gracias a ti, Amanuense por tu comentario semanal y tus palabras generosas y preciosas, siempre. Esperemos que siempre nos queden reductos a los amantes de la lentitud y de los sueños en imágenes. Un abrazo

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