Ricardo Bofill y su fábrica

//Ricardo Bofill y su fábrica

Ricardo Bofill y su fábrica

A lo largo de la Historia, se ha reflexionado en numerosas ocasiones acerca de qué es un genio o dónde reside la diferencia entre un gran profesional de un artista. ¿Se trata de dominar la técnica de un oficio hasta la perfección más absoluta? Muchos dirían que no es suficiente para dar ese salto cualitativo si no hay alma en lo que hace ¿Puede ser el hecho de que abra nuevas vías de expresión, nuevos caminos? Quizá sí, pero muchos han pasado al Olimpo continuando con la tradición sin grandes estridencias, sin necesidad de romper abruptamente con lo establecido. ¿Reside entonces en traspasar el objeto, lo material o las palabras para transmitir emociones, para comunicar al receptor? Supongo que todas ellas son correctas y ninguna válida realmente por sí sola. El artista, el genio es, en mi opinión el que reúne todas estas características, pero además, quien ve donde otros no ven. Miguel Ángel veía al David dentro del bloque de mármol, teniendo únicamente, según él, que extraerlo de ahí, quitando el mármol sobrante.

Pues de una forma similar y genial, el arquitecto Ricardo Bofill, hace 45 años, vio un lugar para crear su hogar, donde todos los demás veríamos una fábrica de cemento abandonada. Descubrió vida y belleza donde el resto sólo veían ruinas, abandono, suciedad y decadencia. Cual Ave Fénix, ese ejemplo de arquitectura industrial catalana creada en la Primera Guerra Mundial, comienza su renacimiento en 1973 de la mano del arquitecto catalán convirtiéndola en La Fábrica: el conjunto arquitectónico en las cercanías de Barcelona que alberga su estudio de arquitectura y su vivienda.

Pensé que una cosa horrible podría transformarse en algo muy hermoso, de la misma manera que la idiotez puede, a veces, transformarse en genialidad

(Ricardo Bofill, arquitecto, sobre el proyecto de La fábrica)

Pasear por La fábrica debe ser como caminar por los cuadros de De Chirico o Piranesi: arcadas grises, muros de cemento en bruto, escaleras enormes que no llegan a ningún lugar. Sin embargo, él ha conseguido convertir en un hogar para el hombre lo que hasta entonces era el hogar de la máquina. Tres zonas diferenciadas (el estudio, la residencia y los jardines) se suceden de una forma fluida, donde lugares de trabajo y lugares de descanso, se confunden y donde lo público y lo íntimo se complementan y se transforman. “La vida sigue en una secuencia continua, con muy poca diferencia entre el trabajo y el tiempo libre”, dice el propio Ricardo Bofill.

Miguel Ángel puso ante él un bloque en bruto de mármol y Bofill compró una parcela con 30 enormes silos, más de 4.000 metros de túneles subterráneos, salas de máquinas, etc y para llegar a la idea que él tenía tuvo que eliminar el 60 % de la fábrica, quedándose con lo esencial (10 silos que quedaron en pie) para acoger las funciones necesarias:

El estudio de arquitectura que ocupa seis de los diez silos, y que se dividen a su vez en plantas. Enormes ventanales inundan todo de luz natural. Un interior de aspecto casi monacal por su sencillez y blancura pero que, al mismo tiempo, la vista hacia los jardines y algunos elementos decorativos, convierten esa desnudez en un entorno tranquilo y lleno de placer para los sentidos (a mí me recuerda personalmente a la sensación que se vive al entrar en algunos espacios realizados por Gaudí, como El Colegio Teresiano).
La gran nave donde se fabricaba el cemento, y que es la imagen que encabeza nuestro post, es la denominada “la Catedral” de La fábrica. Con una altura de 10 metros, es un espacio que acoge distintas funciones, todas de ellas relacionadas con el día a día del taller de arquitectura, y que funciona como bisagra entre la zona profesional y la zona de vivienda del arquitecto.
La zona privada, el hogar propiamente dicho, es un enorme espacio de hormigón visto, situado en la parte superior de la fábrica. “Doméstico, monumental, brutalista y conceptual”, así define Ricardo Bofill esta sala de enormes dimensiones. En la planta baja se encuentra la cocina-comedor, punto de encuentro de la familia. En la primera planta,  la “sala rosa”, por el color de sus paredes acabadas con tadelakt marroquí reúne las zonas privadas de la vivienda.
Existen, además cuatro silos que acogen apartamentos para los invitados
y que comparten algunos de los jardines privados con la residencia principal. Ruinas de la antigua fábrica como escaleras que no llegan a ninguna parte y tolvas de cemento se convierten en enigmáticas esculturas improvisadas. Todo, hasta lo más autóctono febril, sumó en este proceso de larva industrial a mariposa de luz y paz.

Los jardines son un elemento fundamental para conseguir esa apariencia de ruina gótica, mágica y misteriosa, pero al mismo tiempo ese aire de habitabilidad, ese embellecimiento del muro y de la ruina gris. Son exuberantes jardines de aire mediterráneo, compuestos de palmeras, eucaliptos, olivos y mimosas.

Descubrir este bello y útil ejemplo de positiva transformación en un momento en el que nuestros ojos y nuestras almas se han acostumbrado a paisajes llenos de fábricas abandonadas, estaciones de tren cerradas, a casonas de piedra con cristales rotos y muros con pintadas, patrimonio industrial absolutamente desperdiciado, por lo menos en estas tierras asturianas (aunque me temo que es un mal nacional y no sólo local), emociona. Podemos seguir soñando con utopías, aunque sean sólo arquitectónicas.

La fábrica de Ricardo Bofill me parece un fantástico ejemplo de la genialidad y el buen gusto del arquitecto. Como él mismo manifiesta, el lujo no son los materiales caros ni los interiores ostentosos. El lujo es el espacio, la luz, la vegetación, la blancura de esos enormes cortinajes que llenan esos abruptos y rugosos muros de la pureza más absoluta y delicada. Son un foco dentro de esa fuente de luz natural. Los muebles, pocos y perfectamente escogidos (las sillas, reediciones de las que diseñó Antonio Gaudí y las de Charles Rennie Mackintosh, son buen ejemplo de ello)  redondean un conjunto exquisito y sobrecogedor por su belleza y su acierto, no sólo por sus dimensiones.

Terminamos el post de hoy, lleno de información oculta, con música también mágica y sugerente, como La Fábrica: la introducción de la banda sonora que compuso Bruno Coulais para el documental Microcosmos (1996), otro ejemplo de lo maravilloso y lo mágico que es mirar lo habitual con otro enfoque u otros ojos.

Microcosmos de Bruno Coulais

Y aprovechamos este momento de atmósfera mágica que entre sonidos e imágenes esperamos haber creado hoy, para comunicaros que la próxima semana estamos de celebración porque la entrada del próximo jueves será el post numero 100 de Tutti pazzi per labore y como es un hito en la historia de Tutti hemos preparado una sorpresa para celebrarlo con todos vosotros y agradeceros, de algún modo, que estéis con nosotros cada semana. Así que os dejamos esta semana mecidos por la fantasía, imaginando grandes celebraciones y preparando los confetis y banderines. Que lo disfrutéis.

(Todas las imágenes han sido extraídas de la web del arquitecto Ricardo Bofill)

¿Conocíais este proyecto titánico y personal de Ricardo Bofill? ¿Os gusta el resultado conseguido en La Fábrica? ¿Consideráis que este y otros podrían ser bueno nuevos fines para esos edificios industriales que agonizan en nuestros paisajes? Espero con ganas vuestros comentarios y empezamos a preparar nuestro post número 100. Redondo, redondo.

By | 2018-05-31T08:29:53+00:00 marzo 23rd, 2017|Creatividad y diseño|4 Comments

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Sara Marcos

4 Comments

  1. El amanuense 23 marzo, 2017 at 11:23 am - Reply

    Buenos días,Tutti: la arquitectura es algo al que pocas veces se le otorga el valor de ser un vestigio de ser un lugar vivo. La memoria de donde habitaron los antepasados. La manera de convivir en sociedad. Bofill nos presenta un proyecto de recuperación y de rehabilitación del patrimonio industrial de principios del siglo XX. Ahora que tan poco importa conservar hermosos edificios de decenas de años atrás, construyendo edificios que luego no se ocupan o habitan, podemos ver como se pueden aprovechar construcciones irrepetibles para habitarlas y para trabajar en ellas. Grazias por tanto y un abrazo que…el próximo es el número redondo. Hasta el jueves

    • Sara Marcos
      Sara Marcos 23 marzo, 2017 at 1:02 pm - Reply

      Buenos días, Amanuense. Gracias por tus palabras, por tu comentario. Pues sí, el pasado se puede recuperar, utilizar y mejorar, aunque los terapeutas no nos lo aconsejen 😉 jejeeee….Siempre miramos al futuro, creyendo que el pasado se va a desintegrar y a esfumarse esos sólidos muros que por otra parte son mucho mejores que los que construímos hoy en día. Siempre tratamos de borrar y poner nuestra propia firma, dejar nuestra huella, sin comprender que la vida, el mundo, nosotros somos capas, estratos, que trabajamos y creamos sobre lo que otros han hecho y que es precioso reutilizar y resucitar y no llenar de basura (arquitectónica o no) el planeta. Un abrazo. Voy a preparar mi matasuegras para el próximo jueves

  2. Alicia Hierro Grandoso 28 marzo, 2017 at 10:09 pm - Reply

    No tenía ni la más remota idea, pero ha sido un descubrimiento fantástico. Impresionante. Y como dices, cuando son tantas las casas, palacios, casonas que se ven en un abandono total. Aunque claro, cada una tendrá su historia. Me ha encantdo el post, y esperando al jueves (ya no queda nada) para celebrar esos cien 🙂

    • Sara Marcos
      Sara Marcos 29 marzo, 2017 at 7:57 am - Reply

      Buenos días, Alicia. Para mi La Fábrica también ha sido un reciente y tremendo descubrimiento. Te imaginas un lugar así para celebrar tus talleres? La verdad es que tenemos sitios cercanos por nuestra zona que serían estupendos para poder trabajar, para que estén llenos de vida y creatividad en vez de abandonados y tristes. Lugares de coworking rural en e centro de la cuenca asturiana!! 😉 Me alegro de que te haya gustado y espero que te guste también nuestro post de mañana y te animes a celebrarlo con nosotros. Un abrazo y gracias por estar ahí.

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